Las plantas quizá sean un reino subestimado en su inteligencia, víctimas de nuestra visión antropomórfica de la realidad. No sólo son la pieza fundamental de la cadena de vida en la Tierra, al producir el oxígeno que vitaliza a los animales; son también seres perspicaces y sutiles.

En una entrevista en un diario chileno, el neurobiólogo Stefano Mancuso de la Universidad de Florencia, fundador también del Laboratorio Internacional de Neurobiología Vegetal, explica que, de hecho, la ciencia ha demostrado que las plantas tienen los mismos cinco sentidos que los seres humanos y unos 15 adicionales. 

Entre las capacidades hipersensoriales de las plantas se encuentra la percepción de "cambios eléctricos, el campo magnético, el gradiente químico, la presencia de patógenos" y otros más.

No tienen ojos y oídos como nosotros, pero perciben todas las gradaciones de la luz y las vibraciones sonoras.

Además es posible que las plantas lleven a cabo una forma de comunicación subterránea, ya que se ha descubierto que las raíces producen y perciben sonido.

Las plantas se comunican entre sí y son capaces de manipular a otras especies para su beneficio:

Se comunican con otras plantas de la misma especie a través de moléculas químicas volátiles, mandan, por ejemplo, mensajes de peligro. Si un insecto le está comiendo las hojas, la planta produce al instante determinadas moléculas que se difunden por kilómetros y que avisan de que hay un ataque en curso.


Un ejemplo de esto:

Estudios recientes demuestran que un naranjo o un limonero en flor actúa de diferente manera según la cantidad de polen que lleve el insecto. Si lleva mucho polen, aumenta en el néctar la cantidad de cafeína para activar su cerebro, para que se acuerde de esa planta y vuelva. Si lleva poco polen, corta la cafeína.

No hay duda de que las plantas deben ser apreciadas como seres inteligentes de una gran sutileza.

Sorprende su capacidad de medir la humedad de un terreno, de detectar la gravedad y los campos electromagnéticos, de reconocer y medir las sustancias químicas presentes en el aire o la tierra... Además de adoptar decisiones, tienen vida social y cuidan de sus retoños: «Cuando una semilla de un árbol brota en un bosque cerrado pueden pasar entre diez y veinte años hasta que crece lo suficiente para alcanzar la luz del sol y así hacer la fotosíntesis. Durante todo ese tiempo se mantiene gracias a los cuidados que le proporcionan los árboles de su mismo clan a través de las raíces».

«Si mañana las plantas desapareciesen, la vida humana duraría unas pocas semanas, acaso unos meses. Si por el contrario fuésemos nosotros quienes desapareciésemos, las plantas volverían a apropiarse de todo el territorio que hemos arrebatado a la naturaleza y, en poco más de un siglo, todos los signos de nuestra civilización quedarían cubiertos de verde».

Las plantas no tienen ojos, eso está claro. Aun así, perciben la luz y otros estímulos visuales.  ”Las plantas pueden interceptar la luz, usarla y reconocer su cantidad y su calidad”, explica Mancuso. Es obvio, necesitan esta habilidad para sacarle el mayor partido a la energía solar.

Es más, la vista de las plantas controla su día a día, al menos el de la parte que no está enterrada. Así, en busca de más y mejor luz, las plantas se mueven, se retuercen y crecen rápidamente compitiendo unas con otras.

Pero, ¿cómo ven las plantas? A lo largo de su cuerpo, se encuentran repartidas una serie de moléculas fotorreceptoras que reconocen diferentes tipos de luz y longitudes de onda. Aunque estas moléculas se encuentran en mayor concentración en las hojas, están repartidas por toda la planta. Incluso aparecen en las raíces, aunque en este caso se usan para escapar de la luz.

Como pasa con la vista, las plantas huelen con todo el cuerpo, ya que no tienen nariz. Y, sin embargo, huelen con una gran precisión. Las plantas cuentan con miles de células receptoras a los compuestos orgánicos volátiles, también conocidos como olores.

El mundo vegetal utiliza estos compuestos químicos como su principal vía de comunicación con el mundo. A través de los olores, las plantas hablan entre ellas, con los insectos y con los demás animales. Sin embargo, todavía se sabe muy poco de este lenguaje. Existen olores que señalan peligro y olores que atraen a ciertos insectos o que repelen a los predadores.

Algunos olores son incluso compartidos por casi todas las plantas del planeta. Es el caso del metil jasmonato, una sustancia que las plantas generan en situaciones de estrés o enfermedad y que advierte al resto de la comunidad vegetal de un peligro inminente.

Como pasa con la vista, las plantas huelen con todo el cuerpo, ya que no tienen nariz. Y, sin embargo, huelen con una gran precisión. Las plantas cuentan con miles de células receptoras a los compuestos orgánicos volátiles, también conocidos como olores.

El mundo vegetal utiliza estos compuestos químicos como su principal vía de comunicación con el mundo. A través de los olores, las plantas hablan entre ellas, con los insectos y con los demás animales. Sin embargo, todavía se sabe muy poco de este lenguaje. Existen olores que señalan peligro y olores que atraen a ciertos insectos o que repelen a los predadores.

Algunos olores son incluso compartidos por casi todas las plantas del planeta. Es el caso del metil jasmonato, una sustancia que las plantas generan en situaciones de estrés o enfermedad y que advierte al resto de la comunidad vegetal de un peligro inminente.

Su paladar se ha especializado en identificar los químicos esenciales para su desarrollo.

“Las raíces prueban el suelo de forma constante, en busca de aperitivos como nitratos, fosfatos o potasio, los cuales pueden detectar con gran precisión aunque se encuentren en concentraciones muy bajas”, explica Stefano Mancuso en su libro. Además, algunas plantas han desarrollado un gusto especial por la carne.

Hace poco más de 250 años, se registró científicamente el primer espécimen de planta carnívora, la venus atrapamoscas. Sin embargo, durante décadas, se creyó que esta planta no cazaba, sino que cerraba sus hojas como parte de una respuesta refleja. Eso a pesar de que la venus digería el insecto antes de volver a abrirse.

Hoy, se conocen más de 600 especies de plantas carnívoras, incluso algunas que se alimentan de pequeños reptiles. Este comportamiento no tiene que ver con un gusto especial por la sangre, sino con encontrar una fuente alternativa de nitratos en hábitats en los que el suelo carece de ellos.

¿Las plantas tocan y reaccionan cuando son tocadas? Cualquiera que haya visto trepar una hiedra o reaccionar una mimosa al contacto con los humanos no lo pondría en duda. El tacto es un sentido presente en toda la comunidad vegetal y está, además, muy ligado a su capacidad auditiva.

A través de minúsculos órganos, llamados canales mecanosensitivos, presentes, sobre todo, en la ”piel” de la planta, los vegetales reaccionan al contacto de un cuerpo o de cualquier vibración. Con el tacto, además, las plantas han demostrado su inteligencia.

Volviendo al ejemplo de la mimosa, sus hojas se cierran cuando las tocamos. Esto no pasa cuando sopla el viento ni cuando llueve, solo cuando otro animal las toca. Además, si el contacto se produce de forma repetitiva sin peligro para la planta, al cabo de un tiempo la mimosa se acostumbra y deja de cerrarse. Aprende y se relaja.

El tacto también está presente en las raíces, donde las plantas lo utilizan para rodear y salvar obstáculos. O en las plantas trepadoras, que lo utilizan para encontrar los mejores lugares a los que agarrarse y alcanzar altura rápidamente sin perder mucha energía en el intento.

Las plantas sienten los sonidos, las ondas y las vibraciones a través de la tierra, al igual que algunos animales como las lombrices o las serpientes.

Para escuchar, las plantas utilizan los mismos canales mecanosensitivos que con el sentido del tacto, canales que reaccionan a las vibraciones. El sentido auditivo es quizá el que más se ha estudiado en las plantas, también con fines comerciales.

En el pueblo de Montalcino, en la Toscana italiana, existe una bodega que cuida sus viñedos con música de Mozart. Lo que empezó como un experimento con el laboratorio internacional de neurobiología vegetal (LINV, por sus siglas en inglés) y el reconocido fabricante de altavoces Bose, ha generado una pequeña revolución agrícola. Con Mozart, las viñas crecían mejor, sus racimos maduraban antes y sus uvas eran más ricas en sabor y color.

¿Cómo, por qué? Pues no se sabe mucho, solo que ciertas frecuencias, sobre todo las bajas (entre los 100 Hz y los 500 Hz), favorecen la germinación de las semillas, la salud de las raíces y el crecimiento de las plantas hacia la fuente de ese sonido, que equivale a frecuencias naturales como la del agua que corre, pero hablar o cantar a las plantas es perder el tiempo. Las frecuencias altas, por el contrario, parecen tener un efecto inhibidor.

Sentir la humedad. A través de una especie de higrómetro natural, las plantas detectan la humedad e identifican fuentes de agua presentes a gran distancia.

Sentir la gravedad y los campos electromagnéticos, para, por ejemplo, saber hacia dónde tienen que crecer las raíces y hacia dónde los tallos.

Identificar más de una decena de químicos perjudiciales en el aire, la tierra y el agua.

Sentir las sustancias de las que se alimentan e identificar su concentración.

Sintetizar moléculas, energía y oxígeno. En lugar de solo consumir, como la mayoría de los animales, las plantas producen multitud de sustancias para ellas y para el resto del ecosistema.

A través de sus sentidos, las plantas muestran actitudes que calificaríamos de inteligentes, como ahorrar en tiempos de escasez, salvar obstáculos, coordinarse, reconocer a su familia o los miembros con los que comparten genes, etc. Las plantas buscan soluciones a sus problemas e intentan manejar su entorno a su voluntad. Las plantas, en definitiva, sienten y piensan. Y no porque nos cueste verlo o entenderlo significa que no lo hagan.